Espíritu libre en revista AD

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La casa de Vicente Ganesha en Ibiza es un reflejo de su forma de ser bohemia, sin inhibiciones, y sus amados años 70. Un espacio sencillo y moderno que le permite dar cobijo a todos sus tesoros.

Conjunto de mesa y sillas de hierro Cap d’Ail (1951) de Mathieu Matégot con cerámicas alemanas. detrás, Cabinet DF-2000 (1968) de Raymond Loewy y en la pared, retrato de Vicente con jazmín por Grillo Demo y óleos vintage.

Vicente Hernández, más conocido como Vicente Ganesha por sus tiendas en Ibiza, no ha dejado de evolucionar desde que a los 19 años abandonara su Guardamar (Alicante) natal con 4.000 pesetas para irse a París. “Quería ver y conocer mundo”, afirma. Y así hizo. Empezó vendiendo en el Mercado de las Pulgas los muebles de las casas nobles parisinas que se desmantelaban. Después cayó por casualidad en Londres y montó en Portobello un negocio de cinturones. Allí aprendió a ser él mismo, a pensar y a vestir con tan pocas inhibiciones que incluso llevó abrigos de piel y sandalias de tacón. Eran los años 70 y, según Vicente, la ropa no entendía de sexos.

Fue también en la capital británica, viendo la película More de Barbet Schroeder, donde descubrió a través de la pantalla la magia de Ibiza. “Cosas de la vida. Siempre la tuve muy cerca pero fue este filme el que me despertó el interés por la isla, y una vez aquí, nunca regresé ni a París ni a Londres ni a Guardamar. Su luz, la gente descalza por la calle, la música, el vivir y dejar vivir... Comprendí que era mi sitio y donde quería estar”. En 1977 abrió con varios socios la tienda multimarca The End, pero con el paso de los años decidió dedicarse a lo que siempre le atrajo: comprar en mercadillos para luego revender.

Así inauguró la primera de sus Ganeshas (el dios más adorado del panteón hindú) en el centro de Ibiza. “Yo he llegado a esto de la ropa y los muebles dejándome llevar, dando palos de ciego, observando y confiando, aprendiendo de firmas y diseñadores, de los libros, adquiriendo y coleccionando cosas sin mayor interés, simplemente porque me parecían bonitas. Lo que más me gusta es lo viejo, lo desgastado, lo desteñido, los tesoros a los que nadie presta atención, con sus imperfecciones y el peso de los años. Para mí eso es arte. A veces resulta que sin saberlo he comprado una joya, una pieza de un autor muy conocido”, cuenta Vicente.

Vicente ganesha sobre la mesa Kube años 50 de Tolix, como las sillas. Detrás, lámina de la película Querelle de Warhol.

Al poco tiempo de abrir la tienda, compró el piso de arriba e instaló su casa allí, y hace unos años obtuvo los permisos municipales para poder levantar una segunda planta y una azotea. De las obras se ocupó la arquitecta Cristina González, que entendió perfectamente la idea del alicantino: un espacio sencillo y cómodo con suelo de cemento. Así, duplicó sus metros cuadrados: de 60 pasó a 120.

Abajo, en un ambiente diáfano, el salón, el comedor y la cocina, con el cuarto de baño separado, y librerías hasta el techo para atesorar sus innumerables libros y discos de vinilo. En el segundo piso, el dormitorio, una pequeña sala de estar, un despacho y otro baño. No quería que su hogar pareciera un almacén, aunque todo lo que hay en él se puede comprar, y ha respetado la función de cada estancia evitando que los muebles y objetos se acumulen por doquier creando el caos. La decoración es casual, “no buscada”, como la define, donde piezas de los 50, 60, 70 y 80 conviven en armonía y paz. “No pretendo ningún estilo, lo encuentro o me encuentra él a mí. Lo pongo todo según me parece que queda bien, y cambio a menudo la decoración, porque siempre estoy observando y aprendiendo”, remata este esteta.

Estantería de metacrilato de los años 70 con colección de jarrones y centros de cristal italianos.

 

Mesa de oficina holandesa, perchero y óleo de niño, todo de los 50, silla de plástico años 70 y candelabros Swan de Matthew Hilton.

 

 En el segundo piso, un despacho-sala de estar da paso al dormitorio de Vicente. En la escalera que sube a la azotea, espejos sol del sur de Francia y póster firmado de Christian Bérard. A la dcha., silla y carrito de metacrilato con lámparaBoalum (1970) de Livio Castiglioni y Gianfranco Grattini para Artemide y perro de cerámica años 70.

 

En el balcón, velador de los 30, lámpara alemana de cerámica de los 50 y sillas de peana de los 70.

 

 En la cocina, mesa tipo Tulip con lámpara Atollo de Vico Magistretti para Oluce y taburete vintage de Kartell.

 

En la planta baja, canapé de los 70, espejo Lipstick de Roger Lecal para Charbrierres & Cie de la misma década y, sobre el aparador inglés, copias de esculturas antiguas. Al fondo, perchero de los 50 y óleos de Grillo Demo.

 

 Mesa de aluminio italiana con lámpara Atollo de Magistretti y sillas de los 70. En las estanterías que albergan los más de 3.000 discos del dueño, estampa de cuádriga y cuadrito de Ocaña.

 

 En el baño, cerámica de los 50 y dos tapices de Grillo Demo.

POR PETE BERMEJO
FOTOS PABLO ZAMORA

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